A veces ni sé en lo que creo. Es fácil creer en la imagen, la belleza, el éxito,… Pero no basta.
Creer en el Evangelio es negar que el dolor tenga la última palabra. Arriesgarme a pensar que no estamos definitivamente solos.
Saltar al vacío en vida, de por vida, y afrontar cada jornada sabiendo que el  Señor está en ella.
Avanzar a través de la duda. Atesorar, sin mérito ni garantía, alguna certidumbre frágil.
Sonreír en la hora sombría. Porque el Amor habla a su modo, bendiciendo a los malditos, acariciando intocables y desclavando de las cruces a los bienaventurados. Y nada de esto es fácil.

 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.” (Mc 8,35)