No sabemos muy bien qué es el Espíritu Santo, pero nos habla de una presencia que no viene de nosotros mismos, aunque llegue a habitarnos. De algo que pone Dios y no nosotros. De una presencia que nos sobrepasa, pero que nos habita y nos mueve.

Eso que no sabemos definir y que, unas veces, toma la forma de consuelo, otras de luz, otras de aumento de fe, de esperanza o de ganas de amar mejor. El Espíritu Santo no es tanto para hablar sobre él sino para dejarle hablar a él, para dejarnos conducir, empujar, guiar, por él. Que ésta sea la súplica y el don que el Resucitado vaya dando a nuestra vida.