Llegó el gran día. El 24 de diciembre todos los hermanos de los eremitorios vecinos se hallaban ya en la gruta de Greccio. La alegría que reinaba entre ellos era inexplicable. Francisco no parecía ciudadano de este mundo.

A media tarde se reunieron todos en la cabaña. Francisco se dispuso a hablarles a fin de prepararlos para vivir plenamente el misterio de Nochebuena. Se sentaron todos en el suelo. El Hermano se arrodilló delante de ellos apoyándose sobre los talones. Comenzó a hablarles con cierto aire de misterio.

  – Dios llega esta noche, hermanos. Dios llegará a media noche y colmará todas las expectativas. Dios vendrá esta noche, y herirá con su luz las oscuridades ocultas y nos mostrará su Rostro. Dios vendrá esta noche y traerá Humildad y Misericordia. La ternura vendrá colgando de su brazo. Dios vendrá esta noche y mañana amanecerá el Gran Día. ¡Ya llega!

Todo esto lo dijo Francisco con los ojos cerrados. Los hermanos permanecían inmóviles con los ojos sumamente abiertos.

(Cfr. El Hermano de Asís. I. Larrañaga)