Al volver en cierta ocasión de la ciudad de Siena, llevando -por razón de enfermedad- sobre el hábito un corto manto, se encontró con un sin techo. Viendo con ojos compasivos su miseria, dijo al compañero: «Es necesario que le devolvamos a este pobrecillo el manto, porque es suyo, pues lo hemos recibido prestado hasta tanto no encontráramos otra persona más pobre». Pero el compañero, viendo la necesidad en que se encontraba Francisco, se oponía a que se despojara del manto. Francisco le contestó: «Creo que el gran Limosnero me imputaría como verdadero robo si no entregara el manto que llevo a una persona más necesitada que yo». Muchas veces, al encontrarse en el camino con pobres abrumados con pesadas cargas, arrimaba sus débiles hombros para aligerarles el peso”

(LM 8,5).