Dios quiere ser nuestra fuente de vida y de gozo. Por encima de todo.  La persona transformada por Dios transmite alegría en medio de nuestra vida tocada frecuentemente por la desgracia.

María en su cántico del Magnificat dice que se alegra por lo grande que ha estado Dios. Por las grandezas que ha hecho con su pueblo a lo largo de la historia, donde siempre ha estado al lado del pobre y del humilde, y, por supuesto, por las maravillas que ha hecho en ella. María alaba y canta a Dios desde los pobres, los oprimidos, los hambrientos. Se alegra con este Dios que “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.”

Se puede ser alegre en medio del sufrimiento, del desprecio, de la enfermedad…? Sí, cuando hay una fuente que mana desde más hondo. Y Dios es esa fuente que mana y da vida y alegra todo cuanto toca.

De esta alegría nos han hablado los santos: San Francisco, Santa Teresa, San Juan de la Cruz… Y nos han hablado de la alegría en medio de sus enfermedades, en medio del desprecio de sus propios hermanos, o en medio de los juicios de la Inquisición, o desde la cárcel.

Pero esta alegría no brota solo en situaciones negativas, ni mucho menos, sino que a toda la vida le da un nuevo sentido. Como brota desde lo hondo de la persona, integra y hace suyas las otras alegrías de la vida, y se goza con ellas, cómo no, pero no tiene necesidad de ellas para sentir la plenitud que le brota por dentro. Incluso sin ellas es capaz de vivir y transmitir alegría.

Ojalá que como a la samaritana también a nosotros se nos dé a beber de esa agua, y así podamos disfrutar y gozar de la alegría que brota por dentro de las personas que han puesto su confianza en Dios.

(Carta de Asís 137)