Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo. Solía decir: «El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del alma al siervo de Dios. Lleva polvo que poder colar en las rendijas más pequeñas de la conciencia. Pero -añadía-, cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano el veneno mortal. Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa. Por el contrario, el ánimo desolado y melancólico se deja sumir fácilmente en la tristeza».

Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría. Evitaba con sumo cuidado la pésima enfermedad del desánimo, de manera que, a poco que sentía insinuársele en el alma, acudía rapidísimamente a la oración. Y decía: «El siervo de Dios conturbado por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación. Pues, si se detiene en la tristeza, adolecerá del mal de la desesperación que crecerá en su corazón como una herrumbre duradera» (2Cel 125)