“La perfección me parece fácil, veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarnos como un niño en brazos de Dios. (…) Me alegro de ser pequeña!” (Santa Teresa de Lisieux)

Francisco de Asís lo llama “pureza de corazón”:

“ ¡Ah!, hermano León; créeme, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. (…) Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. (…) El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad” (Sabiduría de un pobre).