Una vez, cerca de la Navidad, Francisco comenzó su predicación a una gran multitud con estas palabras: Vosotros me tenéis por santo, y por eso habéis venido con devoción. Pero yo os confieso que en este adviento he tomado alimentos preparados con tocino.

         (…) Así, siempre que sentía en su espíritu cualquier movimiento de vanagloria, lo manifestaba enseguida delante de todos con llaneza.

Yendo una vez por la ciudad de Asís, se le acerca una viejecilla pidiendo limosna. Cono no tenía otra cosa que darle fuera del manto, se lo entregó con generosidad. Y como sintió cierto cosquilleo de vanidad, confesó en el momento, ante todos que había tenido vanagloria.

(Cfr 2Cel 94-95)