En 1208, Francisco y sus primeros compañeros cruzaron las lindes de Asís y de Umbría, aunque es verdad que las iglesias de la región no estaban todas reconstruidas ni habían sido curados todos los leprosos de Asís. Poco después, Fraternidades franciscanas compuestas por hermanos de muy diferentes nacionalidades sur­caban el Mediterráneo, recorrían los caminos de Europa Central, de Inglaterra, de la Península Ibérica, de los países eslavos…. La llamada de Francisco y de sus seguidores a ir a misiones fue, desde el principio de su con­versión, el horizonte de su voca­ción:

«Para eso os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino Él» (CtaO 9).

Estamos llamados a vivir esta dimensión misionera de nuestra vocación franciscana: a dejar todo para seguir a Cristo «pobre y humilde» y, a ponernos en camino por el mundo, «sin llevar nada». Vocación, itinerancia y misión son inseparables.