Y todos los hermanos guárdense de calumniar y de contender de palabra; empéñense, más bien, en guardar silencio siempre que Dios les conceda la gracia. Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil. 

Y no se irriten, porque todo el que se irrite contra su hermano, será reo en el juicio; el que diga a su hermano ‘imbécil’, será reo ante la asamblea; el que le diga ‘fatuo’, será reo de la gehenna de fuego. Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros, como os amé. Y muestren por las obras el amor que se tienen mutuamente, como dice el Apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad. Y a nadie difamen. 

No murmuren, no denigren a otros, porque escrito está: Los murmuradores y los detractores son odiosos a Dios. Y sean modestos, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. No juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no consideren los pecados mínimos de los otros; al contrario, recapaciten más bien en los suyos propios con amargura de su alma. (San Francisco de Asís)