Francisco había aprendido a no buscar sus intereses, sino a cuidarse de lo que mira a la salvación de los demás; pero, más que nada, deseaba estar con Cristo… Por esto escogía frecuente-mente lugares solitarios, para dirigir su alma totalmente a Dios; sin embargo, no eludía perezosamente intervenir, cuando lo creía conveniente, en los asuntos del prójimo. Su puerto segurísimo era la oración; pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad… Acostumbraba salir de noche a solas para orar en iglesias abandonadas y aisladas; bajo la divina gracia, en ellas superó muchos temores y angustias de espíritu. (1Cel 71).

Francisco sintió la soledad y también necesitó momentos de soledad. Buscaba lugares solitarios; no lugares vacíos, ni momentos donde desinteresarse de los demás, ni espacios donde buscar sus intereses, sino sitios donde sencillamente estar con Cristo, en oración colmada de paz y humildad. Francisco necesitó momentos de soledad en los que, estando a solas con Cristo, saberse acompañado en su soledad y sostenido en su debilidad, en sus miedos y en sus angustias.