Francisco quiso vivir en la obediencia. Para él obedecer era vivir en la escucha de la palabra de Dios, fiándose de Dios. Su conversión comenzó con un Señor, ¿qué quieres que haga? y, desde entonces, aprendió a vivir confiando, a caminar abandonándose y a estar entregándose. Antes era él quien programaba, soñaba desde sus proyectos y planes, todo giraba sobre sí mismo. Señor, ¿qué quieres que haga?: hubo un encuentro a partir del cual Dios se convirtió en el centro, su palabra en la fuente de vida, y su voluntad en lo más querido. Entonces Francisco se abandonó confiado al querer de Dios, a la obediencia amorosa.

Cuando confiamos se nos regala ser libres, auténticos, sin necesidad de escondernos, ni de engañarnos. Ante aquel en quien confiamos podemos ser sencilla y gozosamente nosotros mismos, ser sencillos y claros.  Francisco para hablar de la obediencia de Jesucristo a Dios Padre usa la expresión puso su voluntad en la voluntad del Padre, diciéndonos que la obediencia no está en no querer o no desear nada, sino en querer lo que quiere aquel al que se ama con todas las fuerzas.

La buena obediencia requiere una persona libre que está aprendiendo a decir a Dios, con amor y por amor, Señor, ¿qué quieres que haga? 

(Cfr Cta de Asís 41)