En un programa radiofónico, el locutor preguntaba a una experta en tradiciones espirituales orientales sobre los valores que, según ella, debía tener un verdadero gurú. La respuesta fue desconcertante; en lugar del listado de bondades místicas que se podía esperar, la especialista echó mano de una enumeración bastante prosaica: «A mí lo que me interesa de un maestro espiritual es saber si lleva a sus hijos al colegio, si juega con ellos en el parque, si colabora en las tareas de casa y si es feliz con los suyos».

Llevar los niños al colegio, compartir las tareas de la casa…, de lo que habla es de cotidianidad y armonía. Una vida feliz es una vida armónica en la que todas sus dimensiones: trabajo, familia, amistades, aficiones, compromisos… se encuentran integrados y equilibrados. No me fío de las acciones llamativas del espiritual de moda; antes de lanzarme a sus páginas sabias me pregunto si juega con sus hijos y si pasa el aspirador en casa.