De la Primera vida de S. Francisco escrita por Celano: «(Francisco) Se fue a donde los leprosos; vivía con ellos y servía a todos por Dios con extremada delicadeza: lavaba sus cuerpos infecciosos y curaba sus úlceras purulentas».

 De Vida de Santa Clara escrita por Celano: «Vidal de Aversa desplegó contra Asís el ejército imperial que capitaneaba. Al oír esto Clara convocó a las hermanas, les dijo: “Recibimos a diario muchos bienes de esta ciudad; sería ingrato si, en el momento en que lo necesita, no la socorremos en la medida de nuestras fuerzas.(…) Acudid a nuestro Señor y suplicadle la liberación de la ciudad”. A la mañana siguiente se dispersó todo el ejército y nunca más volvió a hostigar aquella comarca».

Francisco y Clara supieron tener ojos despiertos y corazón abierto a las necesidades de la época en que vivieron.

Francisco se implicó activamente con un sector tan necesitado y marginado como era el de los leprosos. Él y sus hermanos no tuvieron miedo de relacionarse y atender a estas personas excluidas, que causaban miedo y repugnancia social (Francisco mismo lo había experimentado antes de su conversión). Expusieron sus vidas en primera línea para atenderles, aún a riesgo de enfermar ellos mismos. Francisco, como tantas personas hoy en día dedicadas al cuidado de los enfermos, priorizó las necesidades de los más indefensos antes que su propia seguridad personal.

Clara, consciente de que había situaciones en las que no podría implicarse de forma directa (cuidado de leproserías, defensa de la ciudad de Asís…) no por ello cayó en la inactividad y la indiferencia ante las necesidades de los que la rodeaban. Clara supo poner al servicio de los demás todo lo que se le había regalado: su profunda relación de confianza en un Dios que es Padre siempre atento a las necesidades de sus hijos amados. Desde ahí no duda en interceder, e invitar a sus hermanas a que lo hagan, por sus “hermanos” de Asís; Clara convirtió en oración las necesidades de la sociedad en que vivía, profundamente convencida de lo que Jesús mismo dijo: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11, 24).

Ambos, Francisco y Clara, nos invitan a ser creativos, a no quedarnos indiferentes, a saber buscar nuestra forma de aportar ante la situación que vivimos.

Cada uno de nosotros puede encontrar su lugar “samaritano” en medio de tanta necesidad como nos rodea. Conscientes de que incluso cuando parece que nada podemos hacer, nada ni nadie nos puede impedir convertirnos en intercesores.