Un hombre empezó a administrar grandes dosis de aceite de hígado de bacalao a su perro porque había oído que era muy bueno para ellos. Cada día agarraba entre sus piernas la cabeza del perro mientras éste protestaba, obligándolo a abrir la boca, y le introducía el líquido en la garganta. Un día el perro consiguió liberarse y dejó caer el aceite de pescado al suelo. Después, para sorpresa del amo, volvió para lamer lo que había caído.

Así fue como el hombre descubrió que el perro no se resistía al aceite sino al modo en que le obligaba a tomarlo.