No es fácil llevar a cabo nuestra vida y regla. No es un reglamento, y se presta a interpretaciones arbitrarias. Es tan nuclearmente evangé­lica, que necesariamente ha de crear conflictos. Hemos de ser un sig­no profético en la Iglesia y en la historia humana, y esto nos obliga a ser clarividentes respecto a nuestros centros de fidelidad.

Nuestra fidelidad es una y doble, al mismo tiempo, Por una parte, sólo nos debemos al Señor y a su voluntad; por otra, somos los menores en la Iglesia, y nuestra firmeza última depende de nuestra adhesión a la fe católica. Hemos de ser voz del Evangelio, que juzga a la Iglesia; pero hemos subordinado toda eficacia al amor que se entrega. No pedimos más que la libertad de guardar la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo; pero aceptamos permanecer en unas institu­ciones y en unas condiciones concretas que no siempre han de encar­nar nuestro proyecto de radicalidad.

Sólo el Espíritu Santo puede hacer tal síntesis. A El confiamos nuestra fidelidad.    (Fr Javier Garrido,Ofm)