Alabado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,

porque de ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

…/… Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad. (San Francisco de Asís)

 Creo oportuno, pues, en estas circunstancias, recuperar la oración de alabanza, aunque, a primera vista, esto pueda parecer contradictorio. Volviendo la mirada al Cántico, constatamos que la alabanza de Francisco surge desde la noche. En efecto, ese canto al Dios (de la vida) y a la vida (derramada de Dios) estalla desde un escenario de enfermedad y frustración, de muerte y negatividad, apenas “amenazado” por la resurrección. Descentrándose en la alabanza −porque la oración de alabanza nos centra en el Otro−, Francisco exorciza la angustia desde la cual surge su poema. Pero, además, bendice a Dios no sólo desde la noche sino también por la noche. Quizá esto resulte lo más escandaloso para una razón demasiado racional. Sin embargo, creo que el Cántico, sobre todo en sus últimos versos, es una invitación a resituarnos frente a nuestras posesiones, proyectos y seguridades, y a incorporar las frustraciones y negatividades propias e inevitables que surgen de las relaciones entre creaturas frágiles y en evolución: en este caso, entre el ser humano y un virus. (Fr Michel Moore, Ofm)