Dadas nuestras limitaciones y pecado, en nuestra vida fraterna evidentemente existen las tensiones por lo cual el hermano que ejerce de ministro realiza su servicio de corrección fraterna según el espíritu evangélico de nuestra vida. No se ampara en su función de autoridad, distanciándose de sus hermanos, para así adquirir un poder sagrado sobre las conciencias. Por el contrario, promueve la fidelidad con su propia vida, atendiendo personalmente a cada uno de los hermanos y animándoles, lo mejor que puede, a seguir las huellas de Jesús.
Los hermanos de la fraternidad han de recordar su propósito original de guardar el Evangelio viviendo en obediencia. En la profesión renunciaron definitivamente, por amor de Dios, a hacer la propia voluntad. No se pertenecen a sí mismos. Los hermanos ministros, los otros hermanos, las circunstancias, son la mediación concreta que nos ponen en trance de perder la vida para ganarla en Cristo.