La pandemia es una llamada a vivir a fondo aquellos rasgos más propios de nuestra identidad y de nuestra espiritualidad franciscana.

a) Fraternidad

Es un tiempo para ahondar el sentido de fraternidad. Primero para vivirlo en casa y, dada la situación, centrados en el cuidado mutuo. La convivencia es muy intensa al vernos todos constreñidos a vivir en casa. Hay hermanos que se están volcando para atender con gran delicadeza y generosidad las necesidades de los hermanos ancianos y más vulnerables. Después, para vivir muy de cerca lo que está viviendo la sociedad y, sobre todo, los más castigados por la pandemia. Una mirada creyente coloca todo este drama en el horizonte del Dios en cuyas manos confiamos impotentes nuestro momento. Siempre está ahí el misterio de tanto sufrimiento que solo encuentra una respuesta en la solidaridad y en la FE-Confianza orante.

b) Minoridad Itinerante

El que un virus tan invisible e inconsistente haya puesto patas arriba a la humanidad entera, empezando por los países más poderosos, nos recuerda que no somos el demiurgo que nos creíamos: somos finitud vulnerable y fugaz. Y así nos recuerda que estamos de paso en la historia. Ser itinerante significa no vivir apegado ni siquiera a la vida, que es para darla.

c) Nos invita a reconciliarnos con la muerte

El momento actual nos recuerda que no somos dueños del tiempo ni de la vida. “Loado seas mi Señor por la hermana muerte”, cantaba Francisco mostrándonos con ello que estaba reconciliado con ella. La muerte se ha convertido en un tabú para nuestra cultura del disfrute. Pero, como ya decía Heidegger, una existencia auténtica debe vivir lúcidamente mirando de frente a la muerte como parte de la existencia. El problema no es tanto la muerte en sí, sino desde qué marco de esperanza dialogamos con ella. Para un franciscano es la “hermana muerte” porque nos enfoca la mirada hacia Aquel que es nuestro destino y nuestro cielo.

d) Confianza pascual

Ser franciscano es permanecer en la contemplación del misterio pascual del Señor Jesús. Caminar con él en la vida nos abre el acceso a la verdadera Alegría: capacidad de darle sentido incluso a la cruz y a la muerte en Él para vivir la existencia como hermano que comparte su vida con todos y con toda la creación porque los ve como hijos/as del mismo Padre, origen sentido y destino de todos.

(J. M. de Ilarduia, Ministro Provincial OFM/Arantzazu)