QUE TORPES SOMOS PARA AMAR!!

   El Amor no es amado decía San Francisco. Y es que aunque decimos buscar la relación personal con Dios, muchas veces es a nosotros mismos a quienes nos buscamos en esa relación. Y no será una relación auténtica hasta que no empecemos a amar a Dios por sí mismo, y no por los beneficios que nos reporta.

Lo que más deseamos en esta vida es amar y ser amados. Sabemos que eso es lo que nos llena y da sentido a nuestras vidas. Sabemos que estamos llamados a vivir eso, que estamos hechos para el amor. Jesús nos lo ha repetido insistentemente. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto?, ¿por qué nos resulta tan difícil centrar nuestras vidas en lo que nos da vida, en lo que de verdad nos llena?

Por un lado porque nos creemos que sabemos, porque pensamos que eso de amar es natural, es algo que nos brota espontáneamente… hasta que nos damos de bruces con nuestra frágil realidad de desengaños, de infidelidades, de torpezas, de fracasos… Incluso en esas situaciones pocos de entre nosotros se atreven a confesarse que no saben amar. Preferimos decirnos que ha sido una mala experiencia.

Pero por otra parte porque queremos manipular el amor buscando nuestra propia seguridad y nuestros propios intereses. También con Dios. Demasiadas veces confundimos el amor con nuestro deseo. Y nuestro deseo no es nada desinteresado sino que está muy mezclado de intereses nada claros como son la necesidad de seguridad, de significación, de satisfacción, de dedicación… Prueba de ello es que nos cuesta amar a quienes no responden a nuestros deseos, a quienes rompen nuestras expectativas, frustran nuestros deseos o no responden a nuestros requerimientos. Nos pasa entre nosotros, y nos pasa con Dios.

Con palabras bien precisas lo decía una mujer de hace ocho siglos, Hadewijch de Amberes: “Hoy día todo el mundo se ama a sí mismo y quiere vivir con Dios en el consuelo, el reposo, la riqueza y el poder, y compartir el gozo de su gloria. Todos deseamos ser Dios con Dios, pero, Dios lo sabe, pocos de entre nosotros quieren ser humanos con su humanidad, llevar su cruz, ser crucificados con él. Cada uno puede rendirse cuentas a sí mismo: generalmente sabemos sufrir muy poco. Una pequeña contrariedad que nos estorbe, una maledicencia, una calumnia, todo lo que nos despoja de un poco de honor, de reposo, de libertad, ¡qué rápida y profundamente nos hiere!”

A Dios no le estorba en absoluto nuestra torpeza. Y no olvidemos nunca que a amar se aprende amando.

Texto evangélico: Mt 5, 43-48

Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos? Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Espiritualidad franciscana

Dichoso el siervo que ama a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle (Adm 24). Dichoso el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice a sus espaldas lo que no puede decir con caridad delante de él (Adm 25).

Existen amores demasiado condicionados por la recompensa, nos dice Francisco. Amores demasiado cargados de uno mismo, en los que la mirada ni se posa ni se dirige al otro. Existen amores donde se calcula y se sopesa lo que se sacará a cambio. Entonces el amor se torna pesado, no transparente, sin luz. Son esos amores a los que no corresponde el “dichoso”. No es dichoso el corazón que solo sabe mirar de esta manera al hermano: si está sano o enfermo, si le va a poder devolver el favor, o no. Porque entonces, el enfermo de verdad es ese amor, y enferma a quien lo practica así. Existen amores, nos dice Francisco, que no han madurado en la verdad honda y personal; son amores falsos, con doblez. Nuestro amor no está libre de nuestras ambigüedades ni de nuestros egoísmo, por ello requiere ser vivido en discernimiento y conversión.

Oración

Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote
que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor
es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación
de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir
mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.

San Juan María Vianney