Vivir sería el arte de saber acoger la vida en lo que nos da y ponemos; con sus días de bonanza y otros más grises, con lo que hay y con lo que falta, con quienes están y con quienes nos abandonaron o nunca llegaron…

Hoy todo se ofrece a tal velocidad y cantidad que uno tiene que saber lo que quiere y en cada momento elegir.  El hombre prudente edifica su casa sobre roca; vivir es construirse. Las casas tienen cimientos, los árboles raíces y en mí qué hay que me sostenga? (Mt 7, 24-27)

Tenemos unas raíces que son las que nos sostienen, nos alimentan, nos permiten poner esa huella personal en todo lo que hacemos. El árbol solo muda las hojas, pero no las raíces. Uno puede cambiar de gustos y de costumbres, incluso gentes y horarios, pero no puede dejar aquello que consciente o inconscientemente ha decidido ser. Vamos continuamente recreando lo que somos… cambiamos las hojas pero no las raíces!; aquello que nos define, nos posibilita y nos limita.

Ahora lo que realmente importa es si he descubierto qué quiero hacer y con quién quiero ser el que soy, hacer que estas raíces den fruto y sombra en las tardes de estío. ¿De dónde se alimentan mis raíces, cuál es mi tesoro?; aquél por el que lucharé y madrugaré, aquél que un día daré a los míos como lo mío. Esas certezas y elecciones que hacen de mi presente un para siempre.

Dónde está mis tesoro, dónde está mi corazón?… aquello que es para siempre.