Siempre llega la época en la cual casi nada de lo deseado se cumple, y de alguna manera todo defrauda…

Sin embargo, sólo así aprendemos que el centro de la esperanza no somos nosotros, sino el don de Dios. De este modo, la esperanza se acercará más al agradecimiento que al cumplimiento de nuestros deseos. Aprenderemos a confiar, a abandonarnos en Dios, en su voluntad, no en la nuestra. Entonces empezaremos a mirar más a Dios que nos ama no por nuestros méritos sino por su amor. La esperanza será más desde la fe que desde el sueño de ser los mejores. Y esto no es un engaño para los perdedores en la vida.  La esperanza  es el mayor regalo junto a la fe y al amor.

Habiéndose enterado, el bienaventurado Francisco de que algunos hermanos daban mal ejemplo y que comenzaban a decaer en su forma de vida, herido por un grande y profundo dolor, dijo una vez al Señor en la oración: «Señor, a ti te encomiendo la familia que me diste». Y al momento escuchó que el Señor le decía: « ¿Por qué te afliges tanto cuando  sabes que los hermanos no andan por el camino que yo te mostré? ¿Quién ha plantado esta Familia de hermanos? ¿Quién hace que el hombre se convierta a penitencia? … ¿No soy yo? No te elegí por ser hombre dotado de ciencia y de elocuencia para que estés al frente de esta mi familia. Te elegí a ti, simple e ignorante, para que sepáis tú y tus hermanos que velaré por mi grey… Así, pues, te digo que en adelante no te aflijas tanto, sino que pienses en hacer lo que haces y en obrar lo que obras, porque en amor perpetuo he establecido a los hermanos. (Cfr EspPer 81)

(Cfr Carta de Asís 161)