“Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, la humildad es valorada…” (1Ce 86)

En Greccio, como en Belén, se produce el desconcierto de la mirada: junto a Francisco aprendemos a mirar, comprender y sentir de otra manera. Acostumbrados a mirar lo que brilla, lo que destaca, se nos pide descubrir esa señal que está en la penumbra de lo pequeño y de lo escondido, en lo simple, lo pobre, lo humilde.

Se nos invita a vivir de ese estremecimiento: que nuestro corazón se haga vulnerable porque ante un niño sólo cabe el acercarse con ternura, no desde el poder ni la agresividad, desde la pobreza no desde la prepotencia. Para encontrarnos con el niño no hay otro camino que hacernos simples, sencillos, pequeños: María, José, los pastores, los magos.

Acercarnos al misterio de Belén dejando atrás nuestras prisas, nuestra superficialidad impaciente. Aceptar que nuestros criterios de eficacia y nuestras preocupaciones no nos dejan crecer en la confianza, en dejarnos vivificar por esa presencia misteriosa y silenciosa de Dios en nuestra vida.