Había un precioso jardín que, nada más verlo hacía soñar. Estaba allí, junto a la casa del Señor. Él no resistía la tentación de visitarlo todas las tardes y gozar de él. Su mirada se centraba siempre en una preciosa caña de bambú, plantada en el centro del jardín. Llamaba la atención por su esbeltez, su altura y su elegancia. Era el punto débil del Señor. Le encantaba verla así, más alta y esbelta que las demás plantas, recia ante los vientos invernales e imperturbable ante los calores del verano. Pronto se dio cuenta, que ella, la caña de bambú, era la preferida del Señor. Se le acercó un día el Señor. Su rostro no brillaba como tantas veces. Casi sin alzar la vista le dijo:  Mi querida caña de bambú, ¡te necesito!

No entendió por qué  hablaba con tanto misterio el Señor. Y para darle ánimo le respondió: Soy toda tuya…Cuenta conmigo para todo lo que quieras.

No logró arrancar la pesadumbre de su rostro: Mi querida caña de bambú, para contar contigo tengo que arrancarte.

– ¿Arrancarme? Pero, ¿hablas en serio? ¿Por qué me hiciste entonces el árbol más bello de tu jardín? ¡No, por favor! ¡Cualquier cosa menos eso!

El Señor no se echó atrás: Mi querida caña de bambú, si no te arranco, no me servirás.

Quedaron los dos en silencio, sin saber qué decir. Hasta el viento se paró y las aves detuvieron su vuelo y su canto. Lentamente, muy lentamente, la caña de bambú inclinó sus preciosas hojas y dijo con voz muy suave: Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, ¡arráncame!

-Mi querida caña de bambú, continuó el Señor, aún no te he dicho todo. Es necesario que te corte las hojas y las ramas.

-Señor, ¡no me hagas eso! ¿Qué haré yo entonces en el jardín? ¡Me convertiré en un ser ridículo!

Y otra vez dijo el Señor: Si no te corto las hojas y las ramas no me servirás.

Entonces… el sol estremecido se ocultó, los pajarillos huyeron del jardín pues temían  el desenlace. Temblando, la caña de bambú pudo articular estas palabras: Está bien, Señor, ¡córtamelas!

El Señor no había acabado. Con una mirada intensa, muy intensa, le dijo: Mi querida caña de bambú, todavía me queda algo que me cuesta mucho  pedirte…Tendré que cortarte en dos y extraerte toda la savia. Sin eso, no me servirás de nada.

La caña de bambú ya no pudo articular palabra. Se echó a tierra y se ofreció totalmente a su Señor. Así el Señor del Jardín arrancó la caña de bambú, le cortó las hojas y las ramas, la partió en dos, le extrajo la savia.

Después se fue hacia una fuente de agua fresca y cristalina muy cercana a sus campos, que desde hacía mucho tiempo morían de sed. Con mucho cariño el Señor ató una punta de la caña de bambú a la fuente y la otra la colocó en el campo. El agua que manaba de la fuente, comenzó poco a poco a desplazarse hacia los campos a través de la caña de bambú. El campo comenzó a reverdecer. Cuando llegó la primavera, el Señor sembró en él arroz y fueron pasando los días hasta que la semilla creció y llegó el tiempo de la cosecha. Con ella, el Señor pudo alimentar a todo su pueblo.

Cuando el bambú era alto, esbelto, vivía y crecía sólo para sí mismo; se autocomplacía en su elegancia. Ahora, humilde y tirado en el suelo, se había convertido en un canal que su Señor utilizaba para alimentar a su casa y hacer fecundo su Reino.