Al paso de los años, la edad, el desgaste de la vida, las nuevas dificultades tanto personales como del grupo fueron dejando casi sin aliento la vida fraterna. Parecía inalcanzable nada de lo deseado; ni en los comienzos de todo, ni en los planes más adultos aquilatados por la experiencia de la vida.

Ha sido necesario todo lo vivido para ir cayendo en la cuenta, de un modo callado e invisible, que el artífice de la fraternidad ha sido y está siendo  Dios mismo. Nuestra fraternidad es hechura de sus manos, nuestra familia…. Ojalá estemos listos a dejar en sus manos nuestra fraternidad, nuestra familia, nuestra comunidad; porque en fondo siempre ha sido suya. Entonces seremos del todo familia, comunidad, fraternidad de Dios.

Un día, viendo y oyendo que algunos hermanos daban mal ejemplo en la Orden y que otros hermanos se apartaban de la cima de su profesión, con el corazón dolorido se dirigió (Francisco) al Señor en la oración para decirle: «Señor, te confío la familia que me diste».

El Señor le respondió: «Dime: ¿por qué estás tan triste cuando un hermano abandona la Religión u otros no van por el camino que te mostré? Dime: ¿quién ha plantado la Religión de los hermanos? ¿Quién hace que el hombre se convierta para que en la religión haga penitencia? ¿Quién da la fuerza para perseverar? ¿No soy yo?»

Y le fue dicho en espíritu: «No escogí en tu persona a un sabio, ni a un hombre elocuente para gobernar mi familia religiosa, sino a un hombre simple, para que sepas tú y sepan los demás que soy yo quien vigilaré sobre mi grey. Te puse en medio de los hermanos como un signo para que las obras que hago en ti las vean ellos y las pongan, a su vez, en práctica… Por eso, te digo que no te aflijas tanto; haz bien lo que haces, trabaja bien lo que trabajas, pues yo he plantado la Religión de los hermanos en la caridad perpetua”… Después que el Señor le animó con dichas palabras, las evocaba en su recuerdo y se las repetía a sus hermanos. (LP 112)