Asistimos consternados a la violencia religiosa respuesta a una maltratada libertad de expresión. La libertad de expresión tiene límites, como todas las libertades humanas. Está por encima el respeto a la persona y a los pueblos. Nada hay sagrado como la persona, y la libertad para ser tal tiene que resituarse en función “de”, no “para sí”. No podemos burlarnos en nombre de la libertad de expresión de los pilares de la persona y de los pueblos. Tenemos la libertad para construir juntos, buscar juntos, apoyarnos y respetarnos aunque el otro me sea diferente y no comparta.
Caricaturizar al otro habla de nuestra poca empatía, de nuestra soberbia cultural y siempre acaba volviéndose contra nosotros. La caricatura siempre tiene un tono de injusticia por exagerada y a veces cruel. Las caricaturas contra el Islán, contra el cristianismo o cualquier otro grupo o persona, son la peor expresión de la supuesta libertad religiosa que a su vez genera violencia ciega y a esta semana me remito.