El Hno Carlos de Foucauld… su nombre evoca inmediatamente la oración de abandono, la imagen del desierto y lo mismo que Francisco de Asís, con el que guarda una innegable similitud, una conversión tumbativa precedida por una juventud tumultuosa. Desde que conoció al Señor supo que ya no podía pertenecer a otro sino a Él.

Pronto será su canonización aun cuando no está fijado el día exacto. Puede ser una buena oportunidad para profundizar en lo que vivió y movió a Carlos. Ser canonizado no es una condecoración póstuma que coloca en los altares a un creyente extraordinario, sino una humilde señal en la que toda la Iglesia está invitada a leer algún rasgo particular de Cristo y del Evangelio.

Tomando por modelo el misterio de la Visitación, Carlos de Foucauld tiene la pretensión de ser  el “hermano universal” por el “apostolado de la bondad” vivido cotidianamente allí en lo que estamos.

“Lo que haría más falta aquí –decía Carlos de Foucauld en 1908–, más que misioneros empeñados en seguir sus métodos ordinarios, sería mucha gente valiente, buenos cristianos de todas las profesiones, que entraran en contacto estrecho con los indígenas por los mil actos de la vida cotidiana”. Allí donde se han derrumbado los grandes discursos, el mundo espera creyentes audaces, dispuestos a entrar en todos los contextos para anunciar por medio de la vida diaria la alegría del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Eso es, seguramente, “lo que haría más falta aquí”, y la figura de este nuevo santo podrá servir de inspiración a toda la Iglesia.