El Evangelio es memoria de la encarnación; el Dios que se hizo carne no vino a quitamos la fragilidad y el límite, sino a liberamos del miedo que todo esto causa en nosotros.

Las relaciones con nosotros mismos y con los nuestros, serán cristianas cuando consigamos acogemos y amamos, no a pesar, sino en medio de nuestras heridas y debilidades.

Nuestra convivencia será un paraíso, no si todos somos perfectos y no hay tensiones, sino cuando cada uno pueda vivir la libertad de retirarse la máscara porque se siente aceptado y amado tal como es; cuando los límites, pecados, heridas y traiciones no sean ya ocasión de división, sino lugares donde poder amarnos y perdonarnos.