Se recogió el varón de Dios con otros compañeros suyos en un tugurio abandonado cerca de la ciudad de Asís, donde, con fatiga y escasez, se mantenían al dictado de la santa pobreza, procurando alimentarse más con el pan de las lágrimas que no el pan de la abundancia.

Se entregaban allí continuamente a las preces divinas, siendo su oración devota más bien mental que vocal, debido a que todavía no tenían libros litúrgicos para poder cantar las horas canónicas.

Pero en su lugar repasaban día y noche con mirada continua el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra de su padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo.

Le suplicaron los hermanos les enseñase a orar, y Francisco les dijo:”Cuando oréis decid: Padre nuestro y también: Te adoramos, Cristo, en todas las iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo”.

Les enseñaba, además, a alabar a Dios en y por todas las criaturas, a honrar con especial reverencia a los sacerdotes, a creer firmemente y confesar con sencillez las verdades de la fe tal como sostiene y enseña al santa iglesia romana. Ellos guardaban con todo las instrucciones de Francisco, y así, se postraban humildemente ante todas las iglesias y cruces que podían divisar a lo lejos, orando según a forma que se les había indicado”

(S Buenvantura. LM,IV,3;FF 1067-1069)