Llegó a la ermita de Santa María. Algo le decía que la paz había huido como paloma asustada.

– Nunca, pensaba, el corazón puro debe dar paso libre a la ira, ni siquiera en nombre de banderas sagradas.

Sentía necesidad de reconciliarse y se dijo: Me reconciliaré con la madre tierra que sostiene en pie y alimenta a todos los hijos por igual.

Y, diciendo esto se arrodilló lentamente. Después, estampó un beso pausado en el suelo. Luego, siempre de rodillas, apoyó la frente en el suelo y permaneció en esta posición largas horas. Era su postura para orar.

– Mi Dios, pon la mano sobre el corazón de tu siervo para que recupere la paz.

No despreciaré a los que desprecian.

No maldeciré a los maldicen.

No juzgaré a los que condenan.

No odiaré a los que explotan.

Amaré a los que no aman.

No excluiré a nadie de mi corazón.

(Cfr El Hermano de Asís; Ignacio Larrañaga; San Pablo2009; Madrid; pp. 113)