En ocasiones la imagen inconsciente que tenemos de “Pascua” nos traiciona: “Pascua” como todo luz donde no cabe el dolor, “Pascua” como un buen final para una entrega heroica. Y en cambio la realidad se obstina; es Pascua pero nuestra historia personal lleva muchas heridas. Es Pascua pero nuestra historia de relación tantas veces sangra impotente. Es Pascua pero nuestra sociedad, tanto la rica como la pobre, sangra herida… Es Pascua y la Pascua sangra de muchas heridas y se desangra sin piedad.

Y, sin embargo, es Pascua. Y esta Pascua es fuente de esperanza precisamente por eso, porque está cerca de nuestra herida, está en nuestra herida. Esta Pascua acoge en su luz nuestras heridas. Esta Pascua no niega nuestra herida, la ilumina, la acoge la llena de sentido y esperanza. La alegría de Pascua no se realiza en el olvido del dolor, sino en la asunción de todos los dolores de la humanidad; es Pascua herida!.