“Tenía sumo cuidado de no caer en el pecado de menosprecio, ni siquiera con el pensamiento.

  • ¡Siempre lo mismo! – dijo Francisco con voz alta y amenazante -; la gente se empequeñece ante los grandes y se engrandece ante los pequeños. Yo también lo hacía –añadió bajando la voz-. Tocan a la puerta, salen a abrir –seguía pensando el hermano-, y en la medida en que sube la alcurnia del visitante, sea por el vestido, la fama o la belleza, en esa misma proporción suben la sonrisa, la ceremonia y la cortesía de los anfitriones. En la medida en que va disminuyendo la categoría del visitante, las gentes van rodando cuesta abajo desde la cordialidad a la frialdad, de la frialdad a la desatención, de la desatención al desdén. ¡desnudos nos echó el Señor a este mundo! Y no hay categorías. Lo demás son convencionalismos y vestimenta artificial. ¿Cuándo llegará el día en que los hombres valoren la desnuda sustancia de hijos de Dios?”

( EL HERMANO DE ASÍS; Ignacio Larrañaga; San Pablo, Madrid 2009; pp112)