«Vio una vez el bienaventurado Francisco a un hermano suyo con cara melancólica y triste, y, como le desagradaba esto, le dijo: “No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda; llora y gime delante de tu Dios. Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás”… Amaba tanto al hombre lleno de alegría espiritual, que en cierto capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: “Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y joviales y debidamente agradables (1 R 7,16)”». (2Cel 128).

Al hermano turbado Francisco no le pide que disimule su tristeza ni que se muestre hipócritamente alegre, sino que le invita a colocarse delante de Dios. Sabe que si nos quedamos solamente delante de nosotros mismos o delante de nuestras dificultades y problemas, terminaremos enredados en ellos, vencidos e irritados. Pero si consentimos en ponernos y poner nuestros agobios “delante de nuestro Dios”, entonces podremos encontrar la paz y el gozo en aquel a quien Francisco dice “Tú eres nuestra alegría”. (Carta de Asís 69)