“En aquel día envió el Señor su misericordia, y de noche su cántico” (cf. OfP 15,5). En Belén se realiza un encuentro. Es Dios mismo quien contribuye a la cultura del encuentro y se hace cercano: uno de nosotros. Instaura un diálogo, al principio sin palabras, tejido sólo con miradas – (¡debe haber sido impresionante mirar –y seguramente lo hizo María de Nazaret-, por primera vez desde la creación del mundo, los ojos de Dios!); Dios, en la fiesta de Navidad, nos hace el regalo de su rostro, porque “nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar” (FT n. 87). Es el primero en enseñar a vivir un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de regocijarse profundamente sin obsesionarse con el consumo.

(Carta de los Ministros Generales de la Familia Franciscana en la Navidad 2020)